Miércoles de reflexión.

Continuando con la vertiente de la reflexión de hace ocho días, acerca del daño que genera la sociedad en los niños, con sus condicionamientos y represiones.

Hoy vino a terapia conmigo, un niño de 8 años, un niño hermoso y de una cualidad amorosa enorme. Sus ojos oscuros grandes, observaban todo mi consultorio, se quedó mirando con detenimiento (lo cual no ha hecho ningún adulto) un cuadro en la pared.

Yo lo observaba y me preguntaba qué pasaba por su mente al observar el cuadro. Comenzamos la sesión, y me fue imposible no conectar, no conmoverme de su situación. Es triste que un niño tan dulce, tenga tanta carga emocional de desamor, de miedo.

Los adultos debemos saber que esas cargas que nosotros llevamos de estrés, enojos, miedos, tensiones y demás, las pasamos a los niños, y por supuesto, se pasan casi de manera inmediata de padres a hijos. Es común ver en terapia padres que dicen: "No pone atención", "No obedece", "Es agresivo", "Se enferma mucho", "No va bien en la escuela"; creyendo que los desequilibrios están originándose en el niño mismo, cuando no es así.

Todo desequilibrio que presente un niño, es originado por sus padres o por quiénes lo cuidan; todo conflicto no resuelto en los padres, será transmitido al hijo.

Por eso, hay que abrir el panorama y comprender que si queremos que los niños estén alegres, sanos, que se sientan amados y seguros, primero así debe estar y sentirse el adulto.

Se sabe y se dice mucho que cuando se tiene un hijo, ahora toda la atención debe pasar a él, y que los padres, son responsables de sus hijos al cien por ciento. Pero hay que considerar, que no puedes ser responsable de alguien más, si no se es responsable de uno, y ser responsable de uno, va más  allá de ser capaz de mantenerse, de asearse uno mismo, etcétera.

Ser responsable de uno mismo implica conocer nuestros bloqueos y deficiencias, y trabajar por conseguir herramientas para liberar esos bloqueos y sanar esas diferencias.

Seguiré trabajando duro, para que este niño logre estar en estados de alegría y amor puro, como todo niño se lo merece.

Cecilia V.

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